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    Es en este sentido que el desarrollo económico en su verdadero significado resulta ser hoy como meta sólo una suerte de espejismo, aunque ideológicamente continúe operando como un mito, según lo señalara muy acertadamente años atrás el destacado economista brasileño Celso Furtado (1975). En este contexto, en el marco del capitalismo, con su bien definido y coercitivo criterio de racionalidad económica, y bajo el falso supuesto de que el capitalismo como sistema fuese realmente sustentable en el largo plazo, para los países de la periferia solo quedarían abiertas dos posibilidades:En todo caso, el camino que sigue hoy la economía chilena, desde que se la forzó a amoldarse a las orientaciones vigentes ya por casi cuatro décadas, es claramente el primero. Se ha buscado convertir a Chile en una periferia lo más estrechamente integrada y funcional posible a los centros hegemónicos del capitalismo mundial. Es decir, en un espacio económico dócil a los requerimientos e intereses del gran capital transnacional y con autoridades suficientemente “confiables” de acuerdo a los estándares fijados en tal sentido por los mismos círculos financieros internacionales. Todo ello queda claramente reflejado en las orientaciones del “Plan Maestro”, dado a conocer por el gobierno de Piñera para hacer de Chile un “país desarrollado para el 2018” –y que son en lo esencial compartidas por todos los economistas del establishment–, cuyo principal “incentivo” es, en definitiva, el altísimo grado de desigualdad social prevaleciente en el país.Ahora bien, ¿no resulta contradictorio sostener que el desarrollo equivale al dominio de capacidades industriales, criticando sobre esta cyclohexamide los falaces anuncios gubernamentales, y señalar luego que ello ya no es posible ni deseable para un Estado-nación sino sólo para el sistema global? No, no lo es. Primero, porque tanto en la crítica al planteamiento hoy en boga como en la perspectiva de desarrollo que proponemos el énfasis lo colocamos, precisamente, en la necesidad de no resignarnos a aceptar los condicionamientos estructurales que nos impone el desarrollo capitalista. Y segundo, porque a partir de allí se hace consecuentemente necesario delinear una estrategia de lucha por recuperar la soberanía de los pueblos en las decisiones económicas y potenciar su capacidad de acción. Se trata de impulsar procesos de democratización e integración económica regional, precisamente para contribuir de manera activa y eficaz al cambio global que propugnamos, que excede ampliamente el horizonte de objetivos trazado por la tímida agenda de reformas impulsada por la cepal. El llamado es, por tanto, a anaphylaxis examinar con efectivo y crudo realismo la situación que encaramos, tanto a escala nacional como global, y a asumir con una clara determinación los desafíos que ella nos plantea, rechazando las voces de autocomplacencia o resignación.La situación a que nos enfrentamos hoy en el mundo no puede ser más dramática y a la vez paradójica. Nunca los medios materiales y los conocimientos técnicos disponibles han sido tan abundantes como ahora, pero tampoco nunca la humanidad había experimentado el nivel de desigualdad, exclusión social y amenazas a la vida e integridad de las personas que a escala global hoy día conocemos. Los recursos y capacidades actualmente existentes son más que suficientes para garantizar a todos los habitantes del planeta el acceso a una vida digna, confortable y segura, pero los códigos sociales que impulsan y orientan el accionar de los sujetos, reproduciendo y consolidando a cada paso las estructuras de la desigualdad social impiden alcanzar ese objetivo. En efecto, los recursos y capacidades se utilizan de un modo que es completamente funcional a la reproducción ampliada de las estructuras de poder social imperantes (sostenida expansión de los gastos militares, producción de baratijas y artículos suntuarios y manipulación de las representaciones colectivas), y no a una apropiada satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de la mayoría de la población, víctima silenciosa de la pobreza, las enfermedades, la ignorancia, el autoritarismo y la violencia política ejercida para desconocer sus derechos y la falta de oportunidades de trabajo remunerado.